Estas manos que son tuyas,
pero que al verte quisieran
quebrar las ramas azules
y el murmullo de tus venas.
¡Te quiero! ¡Te quiero! ¡Aparta!
Que si matarte pudiera,
te pondría una mortaja
con los filos de violetas.
¡Ay, qué lamento, qué fuego
me sube por la cabeza!
Qué vidrios se me clavan en la lengua,
porque yo quise olvidar
y puse un muro de piedra
entre tu casa y la mía,
es verdad, ¿No lo recuerdas?,
y cuando te vi de lejos,
me eché en los ojos arena,
pero montaba a caballo
y el caballo iba a tu puerta.
Con alfileres de plata
mi sangre se puso negra,
y el sueño me fue llenando
las carnes de mala hierba.
Que yo no tengo la culpa,
que la culpa es de la tierra
y de ese olor que te sale
de los pechos y las trenzas.
Ay que sinrazón!No quiero
contigo cama ni cena,
y no hay minuto del día
que estar contigo no quiera,
porque me arrastras y voy,
y me dices que me vuelva
y te sigo por el aire
como una brizna de hierba.
Pájaros de la mañana
por los árboles se quiebran.
La noche se está muriendo
en el filo de la piedra.
Vamos al rincón oscuro,
donde yo siempre te quiera,
que no me importa la gente,
ni el veneno que nos echa.
Y yo dormiré a tus pies
para guardar lo que sueñas,
desnuda, mirando al campo,
como si fuera una perra,
¡porque eso soy! Que te miro
y tu hermosura me quema.
También yo quiero dejarte,
si pienso como se piensa,
pero voy donde tú vas.
Tú también, da un paso, prueba!
Clavos de luna nos funden
mi cintura y tus caderas
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